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La Gaceta del Oeste

Horacio Vero: La mesa del domingo

     LA MESA DEL DOMINGO   La mesa del domingo, aquella mesa grande de los hijos, los abuelos y los padres, se perdió por las calles del adios un día, una noche, o una tarde.   LA MESA DEL DOMINGO   La mesa del domingo, aquella mesa grande de los hijos, los abuelos y […]

11 de junio de 2016 · 15:54 · La Gaceta del Oeste

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    LA MESA DEL DOMINGO   La mesa del domingo, aquella mesa grande de los hijos, los abuelos y los padres, se perdió por las calles del adios un día, una noche, o una tarde.

 

LA MESA DEL DOMINGO

 

La mesa del domingo, aquella mesa grande

de los hijos, los abuelos y los padres,

se perdió por las calles del adios

un día, una noche, o una tarde.

La mesa del domingo era una fiesta,

un encuentro familiar inigualable,

un derroche de amor y de manjares,

un castillo de unión inexpugnable.

El reloj anunciaba el mediodía

y todos ocupaban sus lugares;

la palabra brotaba natural

como brotan en el campo los trigales.

Allí se discutía, se reía y se opinaba,

se hablaba de alegrías y pesares.

Venía después la sobremesa,

casi casi hasta llegar el mate,

y seguían oyéndose las voces

como un canto de horneros y zorzales.

No se sabe cuándo fue,

si un día, una noche o una tarde,

aquella mesa grande del domingo

se llenó de aparatos y de cables.

Se dejó de conversar como se hacía

y cada uno quedó como distante.

Al ladito del plato y los cubiertos

empezaron a llamar los celulares,

en los oídos un par de auriculares,

las manos escribiendo mil mensajes,

y en la vieja y recordada cabecera

la TV y su menú de variedades.

La indiferencia ocupó todas las sillas

y las miradas dejaron de mirarse.

Las preguntas quedaron sin respuesta,

no se habla de alegrías y pesares.

Cada cual se encerró en su mundo

y desde entonces ya nada se comparte.

El silencio recorre los manteles

y el de al lado es un extraño visitante.

Un amigo me contó que en ciertos pueblos

alejados del progreso y sus bondades,

existen todavía mesas grandes

con los hijos, los abuelos y los padres,

y cada domingo es una fiesta

como eran acá  – cómo olvidarse –

mucho antes que llamara el celular

y las miradas dejaran de mirarse,

y brotaba la palabra, natural,

como brotan en el campo los trigales.              Horacio Alberto Vero    

 

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