La Gaceta

«Todas las manzanas cayeron» de Valeria Bellucci que quedó inaugurado el sábado en la Fotogalería 22, el espacio coordinado por Daniel Muchuit dentro del Museo Pompeo Boggio

La fotógrafa Valeria Bellusci presentó en la Fotogalería 22 una selección de imágenes construidas a lo largo de más de una década. Un ensayo donde los cuentos infantiles, la maternidad y las zonas oscuras de la memoria dialogan con una poética silenciosa.

Hay obras que parecen haber sido pensadas durante años y otras que, en realidad, pasan años pensando a quien las hace. Tal vez eso ocurra con «Todas las manzanas cayeron», el ensayo fotográfico de Valeria Bellucci que quedó inaugurado el sábado en la Fotogalería 22, el espacio coordinado por Daniel Muchuit dentro del Museo de Artes Plásticas Pompeo Boggio.

La sala no es grande, pero alcanza para que las imágenes respiren. Hay niños, bosques, sombras, cuerpos apenas insinuados y una sensación persistente de que algo acaba de suceder o está por suceder. Como en esos cuentos que uno escuchaba antes de dormir, cuando todavía no sabía que los lobos podían tener rostro humano.

«Estamos muy felices de presentar a Valeria Bellusci, una amiga, una compañera de camino, que nos trae esta muestra que es bellísima», expresó Muchiut, invitando a los chivilcoyanos a acercarse porque, según definió, se trata de una propuesta «sumamente poética y encantadora».

Y quizás esa sea la palabra: poética. Porque Bellusci no parece interesada en documentar el mundo, sino en registrar las pequeñas grietas por donde se escapan los sueños.

La historia del título es, en sí misma, una pequeña ficción. La fotógrafa recordó que durante años creyó guardar en la memoria una frase de un cuento de los hermanos Grimm: «Todas las manzanas cayeron». Más tarde descubrió que el texto original decía otra cosa. No importó demasiado. A veces la memoria inventa lo que necesita.

«Me gustó el concepto de todas las manzanas cayeron porque habla de madurar. Cuando maduran, las manzanas caen», explicó. El cuento era otro, pero el eco permanecía.

También la muestra nació de un recuerdo equivocado, o al menos incompleto. Bellusci comenzó a construir estas imágenes alrededor de 2012, cuando se preguntó qué había hecho durante los años dedicados casi exclusivamente a criar a sus tres hijos. La respuesta apareció en los archivos de su computadora.

«Fotos había», contó. Muchas de ellas nunca habían sido copiadas en papel. Eran imágenes tomadas sin la intención de integrar un proyecto, pequeñas escenas recogidas entre la vida cotidiana y los cuentos leídos al borde de una cama infantil.

Fue durante las reuniones con amigos fotógrafos, revisando ese archivo, cuando empezó a notar que las fotografías hablaban entre sí. No eran exactamente imágenes sobre la maternidad, aunque habían nacido en esos años. Tampoco eran retratos familiares. Lo que aparecía era otra cosa: un territorio de fantasía, de sueño y, por momentos, de pesadilla.

Ese lugar extraño donde los niños cruzan de un mundo a otro con absoluta naturalidad. Donde una rama puede ser un monstruo y una ventana, un portal.

«De adulto también pasa», admite Bellusci. Solo que los sueños, con el tiempo, adquieren tonalidades más oscuras.

Quizá por eso la muestra no ofrece respuestas ni relatos cerrados. Cada fotografía parece una puerta entreabierta. Se puede entrar por una imagen y salir por otra, armando una historia distinta cada vez. Bellusci reconoce que hace años dejó de trabajar bajo la lógica del proyecto preconcebido.

«No funciona para mí eso de decir: voy a hacer un ensayo sobre tal tema. Voy acumulando imágenes y, cuando me siento a editar, empiezan a conectarse. Ahí descubro de qué estaban hablando».

Hay algo tranquilizador en esa confesión. En tiempos donde todo parece exigir planificación, productividad y resultados inmediatos, Bellucci propone el gesto contrario: esperar. Dejar que las fotografías maduren. Que caigan solas, como las manzanas.

La exposición reúne una selección de 19 imágenes de un trabajo mucho más amplio y puede visitarse en el Museo de Artes Plásticas Pompeo Boggio. Un recorrido breve, acaso suficiente para recordar que la infancia nunca desaparece del todo. Simplemente aprende a esconderse en los lugares menos pensados.

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